“¿Qué extrañas de no tener hijo?”
Me hicieron esta pregunta hace unos días y me puso a reflexionar. Claro, ser madre es algo padrísimo, pero hay días en que me gustaría volver el tiempo atrás y disfrutar de los placeres de la soltería. Creo que algo que pensé que llegaría a extrañar era el dormir cuando yo quisiera, sin embargo mi organismo ha cambiado y no siento la necesidad de dormir 20 horas al día como lo hacía antes (y durante) de estar embarazada. Me gusta levantarme temprano aun en fin de semana y, aunque me quejo todo el día de sentirme cansada, dormir no me quita por completo el cansancio.
Así que…¿qué es aquello que extraño de no tener a Leo? Esa misma tarde llegué a mi casa. Cabe mencionar que un día antes de esta historia decidí quitar azúcares y harinas de mi dieta, lo que funcionó como magia y ayudó a que mis intestinos volvieran a trabajar después de varios años de estar dormidos. Así pues, llegué a mi casa, dejé a Leo en su área de juego y corrí al baño.
-¿Mamá? –Leo pregunta mientras golpea la puerta del baño.
-Voy, amor, estoy ocupada.
-¡Mamá! –llama más fuerte mientras utiliza algún juguete para golpear la puerta.
-Dame dos minutos, Leo, ya voy.
-¡Ma-ma-ma-ma-ma-máaaaaa! –comienza el llanto y la desesperación de ambos.
También comenzó un debate en mi cabeza. Karina vs La mamá de Leo.
Karina: No le pasa nada, termina tranquilamente y después sales con él.
Mamá de Leo: ¡Pobrecito! Ábrele, no importa que esté dentro del baño contigo.
Karina: Pero, te mereces estar en el baño en paz por unos minutos.
Mamá de Leo: Pero el bebé está llorando.
Ganó la mamá de Leo. Me levanto corriendo y cuando abro la puerta Leo sonríe sin lágrimas en los ojos. Entra caminando al baño saludándome y se sienta frente al escusado.
-Leo, mamá está en el baño y necesita tranquilidad. ¿De acuerdo?
-Ti.
Un minuto después:
-¡Mamá, titatatatutetoto, papapatatapa, lenepapata!
-Sí, amor, todo eso que dijiste.
-¿Puputeueuetnananamatata?
-Al ratito.
Salió entonces Leo corriendo del baño a toda prisa. Paz por 10 segundos. Escuché sus pasitos que venían corriendo de regreso.
-Mamá, ¡gua-guá! –gritó enseñándome un caballo de juguete.
-Qué bonito caballo, amor.
-¿Gua-guá? –me lo ofreció.
Contesté: “No, gracias. Es tuyo.”
Leo entendió: “Sí, amor. Pon al caballo a galopar en mis piernas.”
-Leo, ¿te acuerdas que te dije que mamá necesitaba tranquilidad?
-Ti.
-Ok, entonces necesito que te sientes más lejos de mí y juegues con el caballo.
-No. Mamá (tono de amor mientras sigue haciendo que el caballo galope).
-Leo, por favor.
-No (tono molesto)
Acto seguido, me suelta un pellizco en la pierna. Grito, brinco y el caballo cae al escusado, todo al mismo tiempo.
-¡Gua-guá! –grita Leo mientras intenta meter la cabeza para buscar al caballo.
-¡Leo, no! ¡Espérate!
Comienza el llanto.
-¡Gua-guá! ¡Gua-guá! ¡Gua-guá!
Me levanto tratando de quitarlo de enfrente de mí y de caminar con los pantalones abajo.
-Mamá, gua-guá. –sigue el llanto.
-Leo, no metas la mano, no, no, no.
Agarro a Leo, lo saco del baño y procedo a estresarme por el juguete dentro del escusado sucio. Mientras Leo sigue llorando y pidiendo que le dé a su “gua-guá” yo me decido a meter la mano y sacar al desgraciado caballo tan sólo para aventarlo al lavabo. Las manitas de Leo me arañan la pierna mientras intenta hacerse alto para alcanzar a ver al “gua-guá” y yo, aún con los pantalones en el piso (ya todos pisados por él) me pongo a desinfectar tanto el caballo como mis manos.
-¡Mamá, gua-guá! –sigue pataleando Leo.
-Leo, ¡el gua-guá tiene caca! ¡Lo estoy limpiando! –contesto con la voz diez decibeles
más altos.
Termino de desinfectar, Leo grita de emoción cuando le paso el juguete, se despide de mí con la mano y sale del baño dejándome completamente consternada.
Creo que está de más decir qué es lo que más extraño de no ser mamá.
