20 de febrero 2016
Después de 34 horas, me rendí. Mi familia y pareja me miraban preocupados esperando a que tomara una decisión.
-¿Qué probabilidades hay de que esto termine en cesárea, doctor?
Me miró con ternura y muy tranquilo contestó que si no me importaba pasar unos días más en labor de parto entonces no habría que realizarla. Respiré y con un dolor en el corazón accedí a la cesárea. Me sentía tan cansada y tan decepcionada...8 meses me había preparado física y mentalmente para poder tener a mi bebé de forma natural y sin anestesia, y ahora la vida me estaba cambiando los planes sin dejarme mucho que hacer al respecto.
En menos de 10 minutos ya estaba adentro del quirófano, muerta de frío y de miedo. No estaba nadie junto a mí para sostener mi mano y con un hilo de voz le pedí al doctor a que esperara a que mi pareja llegara. "Te estamos preparando, no vamos a hacer nada hasta que llegue". Son momentos en los que pierdes la noción del tiempo. Quizá fueron horas las que pasé en esa mesa, quizá minutos. Cuando Daniel llegó y se sentó junto a mí supe que había llegado el momento y el terror invadió mi cuerpo.
De nuevo horas o minutos en los que yo no alcanzaba a ver nada y poco podía mantenerme despierta
pues el sedante había hecho un fuerte efecto en mí. Y así, muerta de miedo escuché que Daniel caminaba del otro lado del quirófano y después escuché a alguien toser. La tos se escuchaba pequeñita y delicada como debía de estar mi bebé en ese momento. En cuanto me confirmó el doctor que era el bebé el que tosía escuché su llanto. Caray, qué bola de sentimientos mezclados tenía dentro de mí. No podía parar de llorar de la emoción, nervios, alegría, inquietud, incertidumbre...tantas y tantas cosas que sentí en tan solo unos segundos. "Güero y cachetón" fueron las palabras que utilizó el doctor para describir al bebé. Horas o minutos después lo pude besar y pude decirle lo mucho que lo amaba. Fue muy pronto lo que se lo llevaron y mucho el tiempo de espera para volverlo a ver. Estaba aquí, conmigo y yo en ese momento me había convertido en la mamá de un güero y cachetón que por los siguientes meses (seguramente años) me iba a hacer llegar al límite de mis capacidades físicas y mentales y me iba a convertir en una estudiante de la vida dispuesta a aprender cómo ser la mejor para él.
